Una luz para el nuevo día - Lara Santaella
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Una luz para el nuevo día

Las primeras palabras de Celia fueron «Ya son las ocho de la mañana. Deberíamos ir levantándonos para aprovechar el día de turismo.» Mi respuesta, entre bostezos y despereces, fue algo así como «Creo que despertar a la dueña de la casa a las ocho de la mañana de un uno de enero sería tener muy mala idea, ¿esperamos a las diez?». En mi fuero interno, el pensamiento era «se está muy bien en la cama y estoy cansada de subir y bajar cuestas, por qué no remoloneamos un poquito más?».

Para que luego digan que no soy diplomática.

Cuando al final conseguimos despertarnos, y ducharnos y ponernos relativamente presentables, dejamos la habitación y despertamos a la señora para que nos sellara el ticket del parking. Sí, el ticket del parking. Hay un convenio entre pequeños hotelitos como el que nos alojaba y el parking donde dejamos el coche; si te has alojado en uno y te lo sellan, son sólo 16 euros al día. Una vez dejado el equipaje dentro del coche, empezamos a caminar.

Comienza el día de turismo por Granada

Nada más salir del parking, nos encontramos con la primera sorpresa del año. Un señor en bicicleta, completamente pertrechado como si fuera a correr un tour o un giro. ¡Que es día uno de enero, hombre! ¡Que hacer ejercicio físico debería estar prohibido por razones de salud pública! ¿A dónde va a parar esta juventud? ¿Esta senectud? ¿Esta humanidad?

Es más, ¿cómo se atreven a ir en bici por una ciudad como Granada, tan llena de cuestas? ¿De qué tienen hechos los gemelos? ¿Los glúteos? ¿Qué culo se te tiene que poner haciendo bici por una ciudad como ésta?

El primer paseo
Al fondo a la derecha

Tras un rato de búsqueda, conseguimos encontrar un sitio donde desayunar unos carísimos churros con chocolate, compartiendo asiento con dos amables ancianos que llevaban más de cincuenta años juntos. Y nosotras, preguntándonos cómo se consigue eso. Yo andaba todavía un poco dormida así que ni se me ocurrió pedirles que posaran. ¡A veces me pasa eso!

Tras apoquinar la multa —y ojo, sintió como multa— nos escapamos de la plaza y nos dirigimos al zoco. Qué de color. Qué de marroquinerías. Qué de turistas paseando por esas tres callecitas estrechas, qué de color y cuántas sonrisas mientras el comercio seguía ininterrumpido pese a la fecha.

Estuve a punto de llevarme ropa, pero recordé el limitado espacio en mi maleta y el aún más limitado fondo de mi bolsillo. ¡Pero cómo me gustan los patrones árabes en la tela, los colores y la luz de los tejidos a la venta en lugares como éste!

Como muchos sabréis, no soy muy creyente. Por no decir que soy más atea que una estrella de mar muerta. Aun así, cuando una está de turismo entra en las Iglesias y llora, sí, llora. Porque es injusto y terrible que tanta belleza, tanto arte y tanta arquitectura esté indisolublemente ligada a una religión llena de tanta podredumbre moral e histórica.

Iglesia del Sagrario en Granada

Bellezas como ésta deberían estar totalmente limpias tanto en lo físico como en lo mental, y es difícil apreciar el arte cuando está tan contaminado como éste. Aun así, el arte arquitectónico deslumbra a quien lo ve.

Una de las cosas que más me han sorprendido de Granada es la enorme cantidad de calles estrechas, de un sólo carril, con aceras tan pequeñas que casi brillan por su ausencia. Debo decir que me he quedado con ganas de volver, de perderme por sus calles y sus barecitos y hacer aún más y más fotos.

¿Se notará este tipo de ordenación urbanística en verano? Serán las calles más frescas por darles menos el sol? ¿Alguien me lo dice?

Celia en el callejón
Callejón con palé

La mayor sorpresa del viaje

Lo más increíble del viaje no fue la calidez de la nochevieja, ni el precio de la habitación, ni las legendarias tapas gratis con la consumición. Lo más increíble, desde mi punto de vista, fue conocer a Olmo García.

Paseábamos cerca del río y vi a un hombre desnudo, sentado en el frío suelo. Mi primera reacción fue de incredulidad. La segunda, de hacerle una foto furtiva. La tercera, fue la de sentarme con él y su acompañante, Anssi, a hablar.

Celia me vio las intenciones y me dijo que fuera a hablar un rato con ambos mientras ella miraba tiendas.

A la izquierda, Anssi, un estudiante finlandés con envidia de la autoestima y el desapego de Olmo, el cual le permite caminar desnudo por la calle como si nada. A la derecha Olmo, un empresario granadino con una extraña mezcla de religiones que le hacen creer en la desnudez como camino hacia la paz.

Si tengo que ser sincera, yo también envidio la capacidad de Olmo para desnudarse en público. ¡Maldita disforia!

Y si tengo que ser doblemente sincera, tengo que decir que por mi mente no tarda mucho en pasar la pregunta: ¿qué le pasaría a una mujer si se atreviera a ir desnuda por la calle, tal y como hace Olmo?

Subida al Sacromonte

Tras el encuentro con Olmo, nos dirigimos hacia lo alto del famoso Sacromonte. Reconozco que me costó subir. Como se puede observar a simple vista no estoy para nada en forma, y tanta cuesta me marea de sólo pensarlo. Pero valió la pena. Ay, que si valió la pena.

Camino del Sacromonte

Las vistas eran maravillosas, y la gente con la que pudimos hablar no lo era menos. Por suerte tenía el trípode encima, lo que me permitió hacer el panorama que podéis ver. Nos sentamos en una terraza, muertas de calor, a tomarnos algo fresquito mientras respirábamos el aire puro de las alturas y el maravillosísimo olor de la cocina de la zona.

A la salida del bar donde almorzamos, esta mujer inglesa me paró para darme la enhorabuena por mi look. Le encantaba mi «valor» para salir con uñas pintadas, labios pintados, etcétera.

Sólo hicieron falta diez minutos para que comprendiera que yo era mujer trans. Algo no le tuvo que quedar del todo claro, ya que me habló de «una amiga» suya que había hecho el mismo cambio, pero al revés. Tuve que explicarle, con una enorme sonrisa, que esa persona ya no era amiga suya, sino amigo.

¡Qué de pedagogía nos toca hacer a veces, amigas!

Tras el almuerzo y este último encuentro, ya nos dirigimos al coche con la intención de recoger un par de pasajeros (bendito Blablacar) y tirar de vuelta para Sevilla.

Aquí es cuando os recuerdo que si queréis apoyar este tipo de viajes, este tipo de fotografías y mi trabajo en general, estoy por Patreon. ¡Gracias por vuestro tiempo!

Turista sonriente
Lara Santaella
larasantaellafoto@gmail.com

Fotógrafa, escritora, traductora y diseñadora gráfica. Orgullosamente trans. Disponible para sesiones y encargos. ¡Pregúntame lo que quieras sin miedo!

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